El viernes pasado fue un día especial. Pero no por las razones que imaginan!!
Salí temprano a llevar a Santiago a su último día de trabajo como practicante en la Dirección del Patrimonio en Aix. Algo raro en estas últimas semanas, había un sol resplandeciente. Estaba tan contenta de verlo de nuevo que decidí regresar a pie. Media hora más o media hora menos no me iban a retrasar en mis ocupaciones. Al principio lo asumí como un buen ejercicio. Caminar es una tentación a la que no puedo resistirme. Como siempre que comienzo un trayecto, me concentro en los pasos, en los pies, los músculos que se mueven, en la respiración. Como buena géminis me encanta hacer varias cosas al mismo tiempo. Así que decidí que cuando camino también puedo meditar. Dejo de lado todo pensamiento "importante" y me concentro en el presente. Mientras caminaba iba observando el modus operandi de la gente a mi alrededor. A las 8h30 de la mañana, la gente camina rápido, todos van al trabajo. Nadie mira a nadie. Todos están concentrados en sus ocupaciones. Hay un mercado de flores que comienza a instalarse en la plaza de la alcaldía, el perfume de las flores invade la atmósfera. El de jazmín es el único que identifico claramente pues me encanta. Sigo caminando, los almacenes están cerrados pero los cafés ya están abiertos. Mucha gente toma el tiempo de tomarse un café y fumar un cigarrillo antes de comenzar el trabajo. Observo entonces los anuncios de publicidad. Ah, es el día de San Valentín. Decoraciones con corazones, flores y rosado y rojo por todas partes inundan las calles, las vitrinas, los afiches. Me sentí "empalagada" sin saber por qué. Seguí caminando, poco a poco me alejo un poco del centro, del ruido y atravieso una gran calle llena de árboles. Arboles igual pájaros. Pájaros igual música. Me sentí mejor. Dejé atrás la opresión que el exceso de publicidad me producía. Fue uno de esos instantes mágicos en los que nada importa, me sentí serena y en paz. Y fue en ese momento cuándo ví una escena que quedó gravada en mi corazón. En Aix hay algunos rumanos que se han ido instalando en las calles a pedir limosna. Nos acostumbramos a verlos, hacen parte del paisaje y debo confesar con vergüenza que muchas veces ni siquiera los miro. Están ahí. Mientras caminaba me di cuenta que un muchacho iba delante mío desde hacía un rato largo y podía casi sentir que íbamos al mismo ritmo. El muchacho tenía pantalones caídos, distinguía claramente la marca de sus calzoncillos.La moda. Tenía el pelo en puntas hacia arriba. Me imagino que pasó más tiempo frente al espejo que yo. Tatuajes, piercing, cueritos en las muñecas, audífonos en las orejas y un morral vacío en la espalda. A quién tratará de engañar? ese muchacho no lleva un sólo libro en su morral!!! Llevaba en la mano una bolsa con un sanduche y una gaseosa y caminaba con esa "nonchalence", propia de los adolescentes, como si desafiaran al mundo y sus convencionalismos, con una lentitud estudiada o no, rebelándose contra la puntualidad me imagino. En todo caso, sin darme cuenta iba caminando detrás de él a la misma velocidad pero dejando una distancia suficientemente grande para respetar el "espacio vital". De repente, sospechando que alguien podría estar siguiéndolo, miró hacia atrás. Nuestras miradas se cruzaron un instante, al parecer no le inspiré miedo. El mundo al revés. Debía ser yo la que mirara hacia atrás para asegurarme que ningún atracador en "potencia" podía estar siguiéndome. Pero no. Aquí en Aix, mi paranoia está controlada y sólo despierta ante indicios supremamente evidentes de algún peligro inminente. En otras palabras. No tenía miedo. Lo interesante era saber por qué este grandulón de 1.80 m de estatura había mirado hacia atrás varias veces como temiendo que alguien pudiera seguirlo. De repente, lo que sucedió luego me dio la respuesta. El muchacho volvió a mirar una vez más hacia atrás, y en un movimiento rápido se acercó a una señora rumana que estaba sentada en un rincón de la calle y le entregó el sanduche y la gaseosa. Yo tuve que detenerme pues de no haberlo hecho, habría tropezado con el muchacho y la señora. La sonrisa del muchacho y la cara de sorpresa de la señora quedarán por siempre gravados en mi memoria. El muchacho aumentó la velocidad, no quería que lo vieran. El día de San Valentín adquirió otra connotación. La acción no duró más de 5 segundos. Si hubiera estado concentrada en mis pensamientos, en las preocupaciones diarias, tal vez habría perdido la oportunidad de ver este regalo. No solamente recibí una lección del acto de generosidad, de amor, del muchacho, también entendí que las cosas realmente importantes en la vida sólo las podemos apreciar cuando tenemos nuestra mirada puesta en el hoy, en los milagros de cada día. Sólo si tenemos amor en nuestro corazón, descubriremos el amor a nuestro alrededor. Cualquier tipo de amor. Feliz día de San Valentín para todos!!
Salí temprano a llevar a Santiago a su último día de trabajo como practicante en la Dirección del Patrimonio en Aix. Algo raro en estas últimas semanas, había un sol resplandeciente. Estaba tan contenta de verlo de nuevo que decidí regresar a pie. Media hora más o media hora menos no me iban a retrasar en mis ocupaciones. Al principio lo asumí como un buen ejercicio. Caminar es una tentación a la que no puedo resistirme. Como siempre que comienzo un trayecto, me concentro en los pasos, en los pies, los músculos que se mueven, en la respiración. Como buena géminis me encanta hacer varias cosas al mismo tiempo. Así que decidí que cuando camino también puedo meditar. Dejo de lado todo pensamiento "importante" y me concentro en el presente. Mientras caminaba iba observando el modus operandi de la gente a mi alrededor. A las 8h30 de la mañana, la gente camina rápido, todos van al trabajo. Nadie mira a nadie. Todos están concentrados en sus ocupaciones. Hay un mercado de flores que comienza a instalarse en la plaza de la alcaldía, el perfume de las flores invade la atmósfera. El de jazmín es el único que identifico claramente pues me encanta. Sigo caminando, los almacenes están cerrados pero los cafés ya están abiertos. Mucha gente toma el tiempo de tomarse un café y fumar un cigarrillo antes de comenzar el trabajo. Observo entonces los anuncios de publicidad. Ah, es el día de San Valentín. Decoraciones con corazones, flores y rosado y rojo por todas partes inundan las calles, las vitrinas, los afiches. Me sentí "empalagada" sin saber por qué. Seguí caminando, poco a poco me alejo un poco del centro, del ruido y atravieso una gran calle llena de árboles. Arboles igual pájaros. Pájaros igual música. Me sentí mejor. Dejé atrás la opresión que el exceso de publicidad me producía. Fue uno de esos instantes mágicos en los que nada importa, me sentí serena y en paz. Y fue en ese momento cuándo ví una escena que quedó gravada en mi corazón. En Aix hay algunos rumanos que se han ido instalando en las calles a pedir limosna. Nos acostumbramos a verlos, hacen parte del paisaje y debo confesar con vergüenza que muchas veces ni siquiera los miro. Están ahí. Mientras caminaba me di cuenta que un muchacho iba delante mío desde hacía un rato largo y podía casi sentir que íbamos al mismo ritmo. El muchacho tenía pantalones caídos, distinguía claramente la marca de sus calzoncillos.La moda. Tenía el pelo en puntas hacia arriba. Me imagino que pasó más tiempo frente al espejo que yo. Tatuajes, piercing, cueritos en las muñecas, audífonos en las orejas y un morral vacío en la espalda. A quién tratará de engañar? ese muchacho no lleva un sólo libro en su morral!!! Llevaba en la mano una bolsa con un sanduche y una gaseosa y caminaba con esa "nonchalence", propia de los adolescentes, como si desafiaran al mundo y sus convencionalismos, con una lentitud estudiada o no, rebelándose contra la puntualidad me imagino. En todo caso, sin darme cuenta iba caminando detrás de él a la misma velocidad pero dejando una distancia suficientemente grande para respetar el "espacio vital". De repente, sospechando que alguien podría estar siguiéndolo, miró hacia atrás. Nuestras miradas se cruzaron un instante, al parecer no le inspiré miedo. El mundo al revés. Debía ser yo la que mirara hacia atrás para asegurarme que ningún atracador en "potencia" podía estar siguiéndome. Pero no. Aquí en Aix, mi paranoia está controlada y sólo despierta ante indicios supremamente evidentes de algún peligro inminente. En otras palabras. No tenía miedo. Lo interesante era saber por qué este grandulón de 1.80 m de estatura había mirado hacia atrás varias veces como temiendo que alguien pudiera seguirlo. De repente, lo que sucedió luego me dio la respuesta. El muchacho volvió a mirar una vez más hacia atrás, y en un movimiento rápido se acercó a una señora rumana que estaba sentada en un rincón de la calle y le entregó el sanduche y la gaseosa. Yo tuve que detenerme pues de no haberlo hecho, habría tropezado con el muchacho y la señora. La sonrisa del muchacho y la cara de sorpresa de la señora quedarán por siempre gravados en mi memoria. El muchacho aumentó la velocidad, no quería que lo vieran. El día de San Valentín adquirió otra connotación. La acción no duró más de 5 segundos. Si hubiera estado concentrada en mis pensamientos, en las preocupaciones diarias, tal vez habría perdido la oportunidad de ver este regalo. No solamente recibí una lección del acto de generosidad, de amor, del muchacho, también entendí que las cosas realmente importantes en la vida sólo las podemos apreciar cuando tenemos nuestra mirada puesta en el hoy, en los milagros de cada día. Sólo si tenemos amor en nuestro corazón, descubriremos el amor a nuestro alrededor. Cualquier tipo de amor. Feliz día de San Valentín para todos!!
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