Estuve en
Paris exactamente un mes antes de que ocurrieran los hechos tan horribles del
13 de Noviembre. Y tal vez lo que escriba ahora sirva para responder columnas
como la de María Jimena Duzán, periodista de la revista Semana, quien
cuestionaba duramente por qué había tantas manifestaciones de solidaridad hacia
Francia y no hacia otros países que viven cosas peores.
Las razones de
mi viaje no eran del todo placenteras y tenía mucho miedo y otros demonios de volver al país que fue mi hogar durante
tantos años. Tenía miedo de sentirme extranjera, de sentir que ya no era mi lugar.
Tenía miedo de enfrentarme con el pasado y darme cuenta que era eso: pasado.
Desde el
momento mismo en que me subí a Air France se hizo el “déclic”. Hablar en
francés, tomar el metro, recordar las líneas y estaciones que debía coger, ver
la Tour Eiffel, ajustarme al “état d’esprit” de otoño, abrigos, botas, lluvia,
neblina, días grises y largas caminatas volvieron a ser reflejos naturales.
Como por arte de magia, me “fundí” en el ambiente parisino y me sentí como si
nunca me hubiera ido. La amistad con tantas personas con las que había dejado
de hablar se retomó en el punto mismo en donde las había dejado. Nada había
cambiado. Sin embargo, nuevos amigos me hicieron darme cuenta del cambio. Este
año vivido en Colombia, ajustarme a mi nueva vida como colombiana me hicieron
darme cuenta de lo francesa que me había vuelto, del híbrido con dos culturas
en lo que me he convertido.
En el metro tenía
que hacer no se cuántos cambios de línea. Subir y bajar escaleras subterráneas
con dos maletas no era asunto fácil. Nadie se detuvo a pensar en qué
encombrante era yo con mis dos maletas, abrigo, morral, sombrilla en un wagón
de metro atestado de gente. En una estación, un señor alto, de unos dos metros,
con facciones finas y la piel negra, de unos 60 años sin mirarme a los ojos me
pidió permiso para tomar una de mis maletas y ayudarme a subir las escaleras
hacia el mundo exterior. Era lo más natural del mundo ayudarme y no esperaba
nada a cambio, ni las gracias. Como buena colombiana yo estaba muerta de la
vergüenza pues el señor era evidentemente mucho mayor que yo y no estoy
acostumbrada a recibir ayuda. Como buena colombiana casi lo abrazo al final del
camino, tan agradecida estaba y él, como buen parisino, se alejó corriendo
temiendo que fuera a irrumpir en su espacio personal y tener una demostración
demasiado evidente de sentimientos, así fuera sólo de agradecimiento. Otros
momentos como caminar por las calles, ver a la gente en los cafés conversando o
simplemente leyendo un libro con un frío que calaba en los huesos y una lluvia
incesante, sentirme transportada a otro mundo en donde la belleza de cada
rincón, de cada aviso, de las lámparas en las calles, de los puentes que
atraviesan el Sena, de los edificios Haussmanianos imperturbables e imponentes,
del “charme” de sus restauranticos, de turistas hablando todos los idiomas
posibles, familias con hijos en coche paseándose a pie, repito una vez más, con
un clima de los mil demonios constituyen ejemplos del “ savoir vivre ” francés.
Todo el mundo
se siente pertenecer a Paris, por muy extranjero que uno crea ser, París es de
todos y cada uno de los turistas que llegan para cumplir un sueño. Automáticamente
todo lo que constituye una diferencia deja de importar, y todos los que llegan
a esta ciudad se acostumbran rápido a un modo de vida que, si bien no es al que
están acostumbrados en sus propios países, es natural a nuestra esencia misma
de seres humanos. Celebrar con champagne las posibilidades infinitas que se
abren para quien empieza un nuevo capítulo en su vida es algo natural.
El pasado se
fundió con mi presente y la visión de un futuro mejor se convirtió en algo
posible. A pesar de ya no vivir en
Francia ( ya no es tan doloroso decirlo), no soy extranjera. No importa cuán
lejos me encuentre, seguirá haciendo parte de mí porque el estilo de vida, y el “état d’esprit” que adquirí hacen parte de mí y me
acompañarán donde quiera que vaya, hasta el próximo regreso. Todo eso ocurrió
en Paris. Y ningún atentado por violento y horrible que sea, acabaran con eso,
porque no hay bomba capaz de destruir lo vivido, lo sentido y lo que llevamos
en nuestro corazón.
Aquí les muestro unas fotos de mi
viaje.
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| Museo de Louvre |
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| El Obelisco y la Tour Eiffel al fondo |
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| La Défense |
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| Les Champs Elysées |
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| Pont Alexandre III |
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| Le metro |
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| Notre Dame |
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| Con mi amiga Andrea |
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