FRASE DE LA SEMANA

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" El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevas tierras, sino en ver con nuevos ojos" Marcel Proust

lundi 7 décembre 2015

PARIS

Estuve en Paris exactamente un mes antes de que ocurrieran los hechos tan horribles del 13 de Noviembre. Y tal vez lo que escriba ahora sirva para responder columnas como la de María Jimena Duzán, periodista de la revista Semana, quien cuestionaba duramente por qué había tantas manifestaciones de solidaridad hacia Francia y no hacia otros países que viven cosas peores.

Las razones de mi viaje no eran del todo placenteras y tenía mucho miedo y otros demonios de volver al país que fue mi hogar durante tantos años. Tenía miedo de sentirme extranjera, de sentir que ya no era mi lugar. Tenía miedo de enfrentarme con el pasado y darme cuenta que era eso: pasado.

Desde el momento mismo en que me subí a Air France se hizo el “déclic”. Hablar en francés, tomar el metro, recordar las líneas y estaciones que debía coger, ver la Tour Eiffel, ajustarme al “état d’esprit” de otoño, abrigos, botas, lluvia, neblina, días grises y largas caminatas volvieron a ser reflejos naturales. Como por arte de magia, me “fundí” en el ambiente parisino y me sentí como si nunca me hubiera ido. La amistad con tantas personas con las que había dejado de hablar se retomó en el punto mismo en donde las había dejado. Nada había cambiado. Sin embargo, nuevos amigos me hicieron darme cuenta del cambio. Este año vivido en Colombia, ajustarme a mi nueva vida como colombiana me hicieron darme cuenta de lo francesa que me había vuelto, del híbrido con dos culturas en lo que me he convertido.

En el metro tenía que hacer no se cuántos cambios de línea. Subir y bajar escaleras subterráneas con dos maletas no era asunto fácil. Nadie se detuvo a pensar en qué encombrante era yo con mis dos maletas, abrigo, morral, sombrilla en un wagón de metro atestado de gente. En una estación, un señor alto, de unos dos metros, con facciones finas y la piel negra, de unos 60 años sin mirarme a los ojos me pidió permiso para tomar una de mis maletas y ayudarme a subir las escaleras hacia el mundo exterior. Era lo más natural del mundo ayudarme y no esperaba nada a cambio, ni las gracias. Como buena colombiana yo estaba muerta de la vergüenza pues el señor era evidentemente mucho mayor que yo y no estoy acostumbrada a recibir ayuda. Como buena colombiana casi lo abrazo al final del camino, tan agradecida estaba y él, como buen parisino, se alejó corriendo temiendo que fuera a irrumpir en su espacio personal y tener una demostración demasiado evidente de sentimientos, así fuera sólo de agradecimiento. Otros momentos como caminar por las calles, ver a la gente en los cafés conversando o simplemente leyendo un libro con un frío que calaba en los huesos y una lluvia incesante, sentirme transportada a otro mundo en donde la belleza de cada rincón, de cada aviso, de las lámparas en las calles, de los puentes que atraviesan el Sena, de los edificios Haussmanianos imperturbables e imponentes, del “charme” de sus restauranticos, de turistas hablando todos los idiomas posibles, familias con hijos en coche paseándose a pie, repito una vez más, con un clima de los mil demonios constituyen ejemplos del “ savoir vivre ” francés.

Todo el mundo se siente pertenecer a Paris, por muy extranjero que uno crea ser, París es de todos y cada uno de los turistas que llegan para cumplir un sueño. Automáticamente todo lo que constituye una diferencia deja de importar, y todos los que llegan a esta ciudad se acostumbran rápido a un modo de vida que, si bien no es al que están acostumbrados en sus propios países, es natural a nuestra esencia misma de seres humanos. Celebrar con champagne las posibilidades infinitas que se abren para quien empieza un nuevo capítulo en su vida es algo natural.

El pasado se fundió con mi presente y la visión de un futuro mejor se convirtió en algo posible.  A pesar de ya no vivir en Francia ( ya no es tan doloroso decirlo), no soy extranjera. No importa cuán lejos me encuentre, seguirá haciendo parte de mí porque el estilo de vida,  y el “état d’esprit”  que adquirí hacen parte de mí y me acompañarán donde quiera que vaya, hasta el próximo regreso. Todo eso ocurrió en Paris. Y ningún atentado por violento y horrible que sea, acabaran con eso, porque no hay bomba capaz de destruir lo vivido, lo sentido y lo que llevamos en nuestro corazón.

Aquí les muestro unas fotos de mi viaje. 


Museo de Louvre


El Obelisco y la Tour Eiffel al fondo


La Défense

Les Champs Elysées

Pont Alexandre III

Le metro

Notre Dame


Con mi amiga Andrea

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