Para enmarcar el tiempo de
Adviento, hicimos un tour nocturno para apreciar la iluminación navideña de algunos
pueblos del Departamento de Boyacá. La
aventura comenzó a las dos de la tarde. No puedo decir que fue el comienzo del
paseo, pues estuvimos una hora en el bus, esperando a los demorados.
Cambiar de ritmo, dejar de seguir
con rigidez el cumplimiento de un itinerario, hacía parte de la primera lección
para dejar atrás el ritmo de vida de la capital. No fue fácil. Sin
embargo, no había nada urgente por resolver. Sólo debía relajarme y disfrutar.
El parlante estaba justo encima de mí y tuve derecho a, ya no quiero ni pensar cuántas horas, de música
ininterrumpida a todo volumen, no siempre canciones y ritmos que habría
escogido voluntariamente para disfrutar el paisaje boyacense. Todo hacía parte del paseo y cada contrariedad la veía como un elemento más de la aventura de tolerar las diferencias y disfrutarlas por lo que son. Lo importante era que ahí estábamos, rumbo a Duitama, Nobsa, Corrales, Tibasosa.
Es curioso cómo el paisaje y la
mentalidad pueden cambiar tanto en una distancia tan corta. Una vez dejamos los
trancones de la Autopista Norte y nos adentramos en las colinas del paisaje
cundi-boyacense, el espíritu se sosegó.
El ambiente era festivo en cada
uno de los pueblos que visitamos.
El Pueblito Boyacense, en Duitama me encantó. Cada cuadra representaba un pueblo diferente. Casas coloniales adornadas de flores, paredes y ventanas pintadas con todas las combinaciones posibles de colores y los habitantes de ese pequeño paraíso con las puertas abiertas, sonrientes y dispuestos a recibirnos. Sentí como una explosión de color inundar mi espíritu. El mal genio de la gente inculta que no respeta al Otro, se disolvió como por arte de magia.
Las Génovas, unas guirnaldas larguísimas de carne embutida adornaban
muchos puestos de comida. Avisos en cartulina ofreciendo tamales, canelazos, café
y baños eran comunes en algunas casas del centro. Los jóvenes se pusieron sus
mejores galas para el día, orgullosos de sus pueblos. Ajenos a lo que ocurre
afuera, la vida parece transcurrir en una burbuja de serenidad. No hay
riquezas, sin embargo, tampoco hay mendigos en las calles, y la gente parece
vivir en paz. Al menos, yo me sentía en paz en medio de intrincadas guirnaldas
de luces y multitud de gente en las calles. No había agresividad, ni prisa, ni
hostilidad. La gente no empujaba a otra, nadie estaba ansioso por llegar a
algún lugar, simplemente estaban, y eso era suficiente, sin importar el frío ni
la hora.
Como comentaba con Camilo, un amigo que vive en Duitama, ese pueblo está lleno de sitios mágicos y de gente igualmente mágica que vive en una burbuja de color y paz.
La magia de la aventura, como me
precio de reconocer en cada instante, fue ésa: El tiempo se detuvo.
Sentarme en
una banca en Corrales a ver la gente pasar a la una de la madrugada y dejarme
contagiar de su alegría era la actividad más natural. No soy adepta a las
génovas y confieso que el olor quedará por siempre gravado en mi memoria gustativa. Sin embargo, conseguí en Nobsa el Sabajón de Feijoa, un antojo de mucho tiempo atrás. No comí gran
cosa en las 10 horas que duró el viaje, pero eso no era importante.La experiencia de pasar la noche
viendo luces fue suficiente alimento para el alma y una perfecta preparación
para la Navidad.
Algunas fotos de la aventura.
| Corrales |
| Santiago en Corrales |
| Nobsa |
Pueblito Boyacense en Duitama
| Pueblito Boyacense en Duitama |
| Fer y Santiago |
| Con Mónica |
| Entrada a Corrales |
| Fer, Carmencita, Miguel en Nobsa |
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