Bañarme en el Mar Caribe, cuándo éste está picado, es diferente de lo que ocurre cuándo me baño en el Mar Mediterráneo. Luchar contra las olas puede ser agradable un rato pero luego resulta agotador. En el momento en que decidí surfearlas y me dejé arrullar por sus movimientos, la experiencia se volvió mágica y sanadora.
La necesidad de renovar mi licencia de conducir es la ocasión perfecta para sustentar esta teoría. Llegamos, mi amiga Indira y yo, a las oficinas de tránsito a las 7h30am. No tenía una idea clara de los pasos a seguir. Mi cara de primípara era inconfundible. Inmediatamente se me acercaron dos hombres, como buitres me cayeron encima para explicarme lo que tenía que hacer. Por poco me arrebatan mis documentos de la mano. Cada uno a su manera ofrecía quitarme tan penosa carga de mis hombros. La rebelde en mí detuvo el asalto. ¿Cuánto me va a costar esta ayuda desinteresada y generosa? fue mi primera frase. La desconfianza natural salió a relucir. Uno de ellos se alejó y no volví a saber de él. Me lo había quitado de encima. El otro me dió indicaciones básicas y se alejó. Yo, muy tiesa y muy maja, comencé mi jornada. Me uní a un amago de fila que se deshacía cada vez que alguien tenía una preguntica por hacerle a la señora en la ventanilla. No hablaba con nadie, al fin y al cabo, todos eran desconocidos. El aire acondicionado no enfriaba lo suficiente, tal era la cantidad de personas que respirábamos el mismo aire en un espacio reducido. Las demás personas, conversaban entre sí. Inocentemente pensé que yo era la única extraña en el recinto. Los minutos pasaban y nada ocurría. Sentí que estaba haciendo algo mal. Hasta que la actitud de Indira me hizo comprender cómo funcionaban las cosas aquí: había que reconocer quién había estado detrás de mí, y quién estaba adelante, había que hablar y solidarizarse con los compañeros de fila y crear un frente común. Había que adaptarse y aprender a surfear las olas en lugar de oponerme a ellas. Todo cambió en el instante en que comencé a hacerlo. Poco a poco creamos informalmente turnos. Yo entraría a tomarme las fotos y huellas después del señor de camisa a cuadros rojos y blancos y detrás de mí vendría una señora de vestido café y así sucesivamente. Hicimos bromas, compartimos experiencias y al final una agradable camaradería se había establecido entre todos. El calor se hizo menos asfixiante y logré renovar mi licencia antes del medio día.
Les deseo una semana llena de olas para surfear
Les deseo una semana llena de olas para surfear
| Catedral de Santa Marta |
| Calle de la Sequia en el centro de Santa Marta |
Aucun commentaire:
Enregistrer un commentaire