Siento mucho no haber podido escribir la semana pasada. Estuve viajando a Colombia y necesitaba unos días no solamente para ajustar mi horario sino apaciguar mi mente y digerir la gran cantidad de cosas que he ido aprendiendo durante este viaje. El título del escrito de hoy resume lo primero que he tenido que hacer para sentirme en casa nuevamente: Quitarme los Zapatos.
Después de muchas horas de vuelo y una escala de cinco horas en Caracas, llegué a Bogotá con Santiago, mi hijo, pero sin las maletas. Este primer contratiempo me obligó a una adaptación mucho más exigente. faire avec y montarme rápido al tren a alta velocidad de la vida en la capital no siempre es fácil. La vida estaba llamándome con insistencia. No se puede vacilar. Los pasos deben ser firmes. No importa si las indicaciones no son claras.
Lo pude comprobar ensayando el nuevo Sistema Integrado de Transporte de la ciudad. Santiago y yo sólo sabíamos que la dirección era el norte. Tuvimos que cambiar de buses varias veces, caminar varias cuadras para encontrar el paradero correcto, hacer preguntas y obtener respuestas contradictorias. El sistema es confuso para los primíparos pero nosotros ya conocemos el sentimiento. La fórmula secreta es mirar a la gente a los ojos, sonreír y preguntar con humildad. Llegamos a nuestro destino.
Los cambios abruptos del clima en Bogotá imponen una adaptación constante. Bajo los rayos del sol es una ciudad vibrante y dinámica, con construcciones modernas, arco iris en los cerros y atardeceres rosados. Bajo los nubarrones de un aguacero inminente, que se convertirá probablemente en un día gris con llovizna constante, Bogotá se convierte en una ciudad triste y tensa, donde hasta el aire se respira con dificultad; los
trancones, imponen el ejercicio de la resignación y la paciencia y el tiempo parece enloquecer ante estos contrastes.
Finalmente, llego a Santa Marta. El Mar Caribe parece darnos la bienvenida con su calor sofocante y el sonido apaciguador de las olas desde el instante mismo en que se baja del avión. El ritmo cardíaco cambia de cadencia. Los minutos parecen pasar más despacio, con el letargo propio de las altas temperaturas.
Al día siguiente, una primera e imperiosa necesidad: ir a la playa, quitarme los zapatos, y dejar que mis pies entraran en contacto con la arena y el mar. El rito de bienvenida se había completado.
Con ocasión de un asado con punta gorda, lomo ancho y cuadril ( no quiero saber a qué parte del cuerpo de la vaca corresponden estos cortes de carne) de cerveza
Aguila y vino blanco en mi honor, la música hizo su entrada. Era el ingrediente necesario para acompañar esos momentos en los que la felicidad de estar reunidos es lo único que cuenta. Los
problemas y otros demonios no tienen más remedio que replegarse. Me quité los zapatos para bailar mejor con mi tía Marta.
Cuántas veces he tenido que enfrentarme a los cambios y no sabía por dónde empezar. Esta semana encontré la respuesta: Lo primero es Quitarse los Zapatos.
Despojarse de lo que pesa, lo que oprime, lo que estorba, permitirme aflojar las riendas y simplemente y aceptar con los ojos cerrados el presente tal como viene.
Les adjunto las primeras fotos de esta aventura
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| El centro de Bogotá |
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| la misma foto pero en la noche |
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| Santiago y Milo |
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| Yo en el balcón |
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| en mi edificio en Santa Marta, llegando a la playa |
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| Bahía de Playa Salguero |
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| La piscina |
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