Nunca pensé que el fútbol fuera una de mis pasiones. Crecí viendo los Mundiales de Fútbol, haciendo el album, intercambiando monitas y gracias a ello, aprendiendo de memoria los nombres de los jugadores, las posiciones. Acomodábamos nuestra vida a los horarios de los partidos. El alboroto de un gol, el silencio de una derrota. Los grandes eran directores técnicos en potencia y nosotros, los pequeños, aprendíamos, absorbiamos esas vivencias con la misma naturalidad de la celebración de un cumpleaños. Simplemente hacía parte de mi vida.
El sábado, con ocasión del partido Colombia - Grecia, me puse la camiseta amarilla ante la mirada aterrada de Santiago y así vestida fui a hacer compras. Cuál no sería mi angustia al descubrir que, por cuestiones que no alcanzo a entender, éste no sería transmitido en Francia. Después de dar rienda suelta a la cólera y echar pestes contra el gobierno, contra las cadenas de televisión públicas y privadas, contra los franceses en general, contra todo el que se me pusiera en frente ( ¿ qué puede justificar un sentimiento así sino una extrema pasión?), llamé a Felipe, mi hermano, y a Fer, mi alcahueta de locuras y papá de Santiago, a pedir auxilio. Intentamos todas las opciones posibles por internet y nada. Lo único que sirvió fue conectarnos por facetime ( aplicación de Apple) y enfocar el aparato hacia el televisor. Al final, recibí una lección: muchas cosas que nos ocurren y que consideramos como malas, terminan ocurriendo por algo mejor.
Santiago disfrutó del partido " a la colombiana" y en familia. Tal como yo lo hice durante toda mi niñez. Los comentaristas no me defraudaron, describieron las jugadas con la velocidad y los apuntes subjetivos de rigor y vibraron sin ningún tipo de inhibición anunciando los goles. Aquí gritábamos frente a nuestra pequeña pantalla, allá en Colombia también. Los quince minutos de medio tiempo, comentamos las jugadas como si estuviéramos en el mismo salón y entretanto compartía mensajes con mi hermano anunciando por textos el consabido " ¡qué golazo!".
Ante la pregunta de "¿ Por qué me gusta el fútbol? " me encontré buscándole explicaciones a algo que nunca había hecho parte del mundo de la razón, y descubrí cosas interesantes:
Me encanta la manera cómo se entrenan mentalmente los jugadores. Es decir, planean estrategias de juego, intentan predecir jugadas que conduzcan al gol, analizan al equipo adversario y aprenden a pensar en equipo. En el campo de juego, la realidad es siempre diferente, las predicciones no sirven de nada. Y sin embargo, ahí está la magia, el talento de los jugadores. Tienen que adaptarse permanentemente al cambio. Lo que aprendieron les sirve porque son movimientos que quedaron grabados en su subconsciente y los aplican en el momento en que lo necesitan. Cuadrado que recibe el balón, sabe que no está bien ubicado, sabe que tiene a James detrás, y en una fracción de segundo decide hacer un toque hacia atrás y que sea su compañero el que anote un tanto. No hubo vanidad ni deseo egoísta de figurar como goleador, pensó en su equipo y en el mejor ángulo para meter un gol. Y James lo hizo. ¡Fascinante!
Ya no son solamente veinte jugadores corriendo detrás de un balón, son veinte seres humanos luchando unidos, adaptándose y creando en sus cabezas una estrategia que los lleve a éxito.
Hablar de ello me emociona, el mundo alrededor se paraliza y no veo el tiempo pasar, mi corazón se encoge cuando 57.000 espectadores cantan el himno nacional y puedo escribir sin parar sobre el tema, extrayendo lecciones y emociones. He ahí una pasión.
Les envío unas fotos de cosas que me apasionan.
| Pie de Frambuesa en tarde de fútbol |
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