En 1982, Jack Lang, Ministro de Cultura instauró este evento, patrocinado por las colectividades territoriales. La idea es celebrar en todo el país conciertos gratuitos de todo tipo de género musical en las calles. Cada año disfruto de la ocasión con el entusiasmo y la excitación de un niño. Todo depende de la mirada. Para muchos adultos es el día del desbordamiento de los jóvenes, del desorden, del ruído, del alcohol, de la muchedumbre. Para mí es la oportunidad de caminar por las calles, ver gente, reir y bailar, y oir música hasta que el sol se oculta. En la Place Albertas vi un grupo de niños entre 4 y 7 años tocando violín. En la Place del Hôtel de Ville, unos bailarines de swing y charleston animaron a los espectadores a bailar con ellos. En una callecita vimos a un muchacho con un sintetizador y una joven cantando música de los años 80 con la energía de un muerto. Nos dió pesar ver que su desgano se debía probablemente al hecho de haber solo cuatro personas escuchándolos. Aplaudimos como locos para animarla. Al final, había algo así como ocho personas y la cantante se había animado al punto de sonreir y mover tímidamente las caderas al ritmo de la canción. Luego fuimos a otra calle donde había mucha gente; unos adolescentes tocaban con ganas la batería y la guitarra eléctrica mientras una tímida cantante de unos dieciseis años leía las letras de las canciones en un montón de papeles desordenados. Finalmente, terminamos en el Cours Mirabeau, para oir a un grupo de rock pesado azotarnos los tímpanos entre gritos y saltos frenéticos para llamar la atención.
Santiago había encontrado unos compañeros del colegio, cuyas mamás habían decidido también asistir al barullo para acompañar a sus hijos. Era la primera vez que iban y tenían miedo de que algo les pudiera pasar a nuestros muchachos. Yo no estaba asustada. Santiago está acostumbrado a la muchedumbre, a los conciertos y sobre todo, a alejarse del peligro cuando lo huele en el ambiente. Ellos se fueron por su lado y Patrice y yo por el nuestro. Al cabo de una hora me llamó. Los compañeros estaban cansados, se iban a un restaurante con las mamás. Presintió otro tipo de peligro: el de perderse de algo importante por pasar el resto de la noche sentado en un restaurante mientras la vida, la música y la gente pasaban por sus ojos sin espera. Prefirió unirse a nuestro peregrinaje de tocar la vida con ambas manos. Comimos pizza en un andén, como muchos otros, y bailamos al ritmo de rock como si el mundo fuera a acabarse al día siguiente y fuera necesario mover cada músculo para no olvidar que, al menos en ese instante, estábamos realmente vivos.
Esa es la música para mí. Me recuerda, parece raro pero a veces se me olvida, que la vida es un regalo maravilloso. Me obliga a mirar el presente de frente, a reir aunque tenga ganas de llorar, a moverme aunque me duelan los pies de tanto caminar. No es una casualidad que desde las épocas tribales, los pueblos utilizaban la música para sanar, para festejar un triunfo, para preparar una guerra, para despedir a un muerto y para comunicarse con el más allá. Para mí, es comunicarme con mi alma. Nada más, pero nada menos.
P.S. Les adjunto un link de cómo bailar como un jugador de fútbol colombiano.
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