Una persona de mi entorno me contó una anécdota de su niñez y sin mencionar nombres quiero compartirla con ustedes. Actualmente es un adulto, hecho y derecho, y tiene la costumbre de ir a la cocina antes de dormirse para comerse una galleta. Sólo hasta esta semana, conversando de los recuerdos de la niñez, descubrió la conexión existente entre esta costumbre y un hecho del pasado. Viene de una familia numerosa y a medida que fueron creciendo, los hijos se iban a dormir solos mientras los papás terminaban la velada, bien sea arreglando la cocina u ocupándose de los asuntos de la casa que por falta de tiempo en el día no podían realizar. La mamá les decía que antes de acostarse iría a darles un beso de buenas noches. Pero este niño quería una galleta. Su mamá le prometía llevársela más tarde. El niño se dormía, cansado de esperar que su mamá fuera a llevarle la galleta. Al día siguiente, cuando se despertaba, muchas veces encontraba la galleta en la mesita de noche. El niño quedaba triste. Ya no era lo mismo. Era demasiado tarde. Lo curioso es que un hecho tan simple quedó gravado en el corazón del niño, y el adulto de hoy sigue repitiendo la costumbre.
El Dr. Eben Alexander es un neurocirujano estadounidense. En 2003, contrajo una bacteria E.coli que le ocasionó una meningitis que lo llevó a un estado de coma con un 10% de probabilidades de sobrevivir o de volver a llevar una vida normal. Finalmente sólo estuvo "inconsciente" una semana y contra todos los pronósticos en algo así como tres meses recuperó el habla, la memoria, y demás funciones. En 2012 publicó el libro " Proof of Heaven". Aún no he leído el libro. Lo vi en una entrevista y me impresionó no solamente lo que contó sino la manera de contarlo. En esos días en los que estuvo en coma tuvo una experiencia ( en inglés la llaman NDE ) espiritual que le cambió la vida. En términos médicos, su cerebro había dejado de funcionar, era imposible tener cualquier tipo de sueños o visiones. Su hijo, estudiante de medicina, fue quien lo impulsó a escribir todo lo que había visto para no olvidar. No tenía acceso a ningún otro libro ni ningún otro tipo de información sobre testimonios de otras personas que hubieran tenido el mismo tipo de experiencia. Luego lo motivó a publicar un libro porque tenía que transmitir ese mensaje al mundo. Durante su estado de coma, estuvo acompañado por alguien a quien él identificó como Angel de la Guarda y sintió una presencia amorosa en todo momento. Hubo una frase que me llamó especialmente la atención : "No hay razón alguna para tener miedo, somos amados con un amor tan fuerte y tan grande que no es posible explicarlo con palabras."
El Papa Francisco cumplió un año de papado y publicó una Exhortación Apostólica llamada Evangelii Gaudium. Para aquellos de mis lectores que no son católicos, quiero aclarar que no voy a hacer "proselitismo religioso". Su mensaje, su visión de la situación económica, política y social actual es tan real, tan "sensato", que pensé que no podía quedarse sólo en la esfera de la comunidad católica. Mi intención no es hacer un resumen extenso del libro. Sólo expondré algunas de sus ideas. La conexión con las dos historias anteriores y con lo que está viviendo la humanidad en este momento es evidente y las lecciones que deja para la vida de cada uno de nosotros, sin importar las creencias religiosas, son inmensas.
De acuerdo con su análisis, la crisis financiera que atravesamos hoy tiene su origen en una crisis antropológica profunda que reduce al ser humano al consumo. La deuda y sus intereses de los países, los alejan de la oportunidad de otorgarle a sus ciudadanos un poder adquisitivo real. La disparidad económica y social es la principal causa de la violencia. A todo lo anterior hay que agregarle la cultura generalizada según la cual el más fuerte se come al más débil, y en donde la prioridad principal es el culto a las apariencias, a lo superficial, a lo inmediato. La novedad de su mensaje radica en que cuestiona a la Iglesia misma, y propone regresar a lo esencial. Frente a la mundialización de la indiferencia, propone repensar toda la estructura y la labor de la Iglesia en función de salir de nuestras certitudes y de nuestros problemas para pensar en el otro. La vida puede ser muy dura para muchos, cada uno de nosotros tiene su carga por llevar, pero si tenemos la certeza absoluta que somos amados tal como somos, igualmente, si comenzamos por amarnos a nosotros mismos, tendremos en nosotros el amor necesario para darlo a otros. Logramos realizarnos plenamente como seres humanos cuando buscamos la manera de ser coherentes con nuestro corazón y nos abrimos hacia los demás, hacia los problemas del otro y buscamos entenderlo y según nuestras posibilidades y nuestros dones, ayudarlo. Exhorta a cada persona a no excluir al otro porque es diferente. Al contrario, es escuchando y reconociendo las diferencias como podemos enriquecernos, es adaptándonos a los cambios de la sociedad actual como podemos encontrar nuevas formas de repensar la misión que cada uno tiene. Muchas veces, basta con sólo disminuir la velocidad a la que vivimos, tomarnos el tiempo de escuchar y acompañar al que, caminando a nuestro lado en un principio, parece quedar rezagado. Más que el temor de equivocarnos deberíamos tener miedo de encerrarnos en nosotros mismos, en nuestras certezas, en nuestra zona de comfort y osar luchar por lo que nos dicta nuestro corazón de hacer. No importa si no entra dentro de los parámetros de la razón. Dejarse guiar por el corazón y aceptar que no todo tiene una explicación da una paz interior que permite caminar con paso seguro en los momentos difíciles. Es precisamente en los momentos difíciles, en nuestro paso por el desierto de nuestra vida, como nos deshacemos de lo que no nos sirve y nos quedamos con lo esencial.
No he mencionado a Dios en el resumen que he hecho de sus ideas, sin embargo, espero que para aquellos que creen, su presencia sea evidente. Eso fue lo que más me impresionó de su mensaje. Está dirigido a todos y cada uno de nosotros, pues es lo suficientemente amplio como para que sus ideas le lleguen a cualquier persona y es a la vez lo suficientemente directo como para que sintamos que el mensaje está dirigido a cada uno de nosotros de manera específica y única. A mi juicio, ésa es la verdadera dimensión de lo que debe ser la Iglesia y de la manera como deberíamos interpretar su mensaje.
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