Estas últimas semanas he recibido el mismo mensaje bajo diferentes formas y fuentes, acerca de la palabra DISFRUTAR.
Puedo decir sin ninguna duda que ser profesora de francés, más que un oficio, es una actividad que disfruto enormemente. Para mí es una oportunidad de transmitirle a alguien algo que me apasiona. El simple hecho de hablar, de sentir el francés ya constituye para mí una ganancia. Sin embargo, hay algo más. Cada alumno es un mundo y, más que preparar una clase de acuerdo con su nivel de conocimiento del idioma, me gusta entender al ser humano, entrar en su universo y analizar la mejor manera de transmitirle lo que sé. La remuneración económica que recibo por una o dos horas de clase no refleja de ninguna manera el esfuerzo que hago al preparar cada clase de manera única y especial. Y no me importa. La riqueza que recibo con este trabajo es de otra índole y la satisfacción que me produce conectarme con mi alumno y lograr que reciba el mensaje es algo que disfruto de manera inexplicable.
No todo es color de rosa. Tengo un alumno de doce años que arrastra los pies cuando camina, vive rodeado de naturaleza, de flores hermosas, de una vista excepcional del Embalse de San Rafael en la vía a La Calera, y no ve nada de esto por estar concentrado en su Iphone. No me saluda cuando llego, no me sonríe, no muestra ningún tipo de entusiasmo, de esfuerzo, de curiosidad por lo que intento enseñarle y a cada intento que he hecho por conocerlo, por descubrir lo que le entusiasma (en español) me responde con monosílabos y un muro en sus ojos. Creía que era imposible encontrar a un niño sin brillo en la mirada, sin entusiasmo, sin curiosidad, sin gozo por la vida, teniendo toda la riqueza material y familiar imaginable. Estaba equivocada. Al finalizar la clase no se despide, no me mira a los ojos y no me da las gracias. La indiferencia, la agresividad pasiva pueden ser más ofensivas que un insulto, y el joven utiliza esas armas en toda su vida en general por lo que he podido leer entre líneas. Mi primer impulso fue reaccionar. Si hay algo que me hace hervir la sangre es un trato denigrante o injusto hacia alguien que presta un servicio a otro. Me contuve y todo el trayecto de regreso a mi casa empecé a escudriñar en mi alma qué pasaba con este muchacho que aparentemente lo tiene todo. Decidí controlar la rabia, la frustración, la indignación y la sed de justicia y miré la situación desde otra perspectiva. El niño puede ser muy inteligente y muy rico pero no tiene entusiasmo, no disfruta lo que tiene y yo sí. Sentí una compasión inmensa al entender que el problema no es falta de buenos modales o de altivez. El problema es que este niño entra en la triste categoría de aquellos que lo tienen todo y sin embargo han perdido la capacidad de DISFRUTAR de la vida.
Para terminar la historia, la situación no ha cambiado, su actitud es la misma a pesar de todos mis esfuerzos por hacer clases divertidas. Ha aprendido y esa es mi recompensa. Y yo me siento feliz y agradecida con la vida por no haber perdido, a mi edad y con todos los rollos propios de los adultos, mi capacidad de disfrutar del olor a bosque, del sol entre los árboles, de cualquier cosa bonita que exalte mis sentidos, de sonreír a los desconocidos que me encuentro en el bus y de ser bendecida con la posibilidad de trabajar en algo que me apasiona y llena mis días de entusiasmo.
Esta crónica me salió larga pero no quiero terminar sin antes contarles que he creando mi propio website a través del cual podrán llegar a este blog más fácilmente. Aún está en etapa de construcción pero no me importa que no sea perfecto. Me parece interesante que me acompañen mientras la mejoro. La idea es asumir mi misión de "contadora de historias" y crear un universo alrededor de mis libros y mis lectores. Es alejandranavas.co .
¡Feliz semana!
Encontrarán un video de Marc Anthony y Alejandro Sanz, en una canción que mezcla ritmos y exalta los sentidos y las ganas de bailar.
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